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¿Y tú quién eres?

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¿Y tú quién eres? 

“El gran obstáculo que tenemos en la actualidad la mayoría de los seres humanos, y que es clave para comprender globalmente la conducta humana, es el sometimiento infantil en el que permanecemos, como consecuencia de nuestro guion de vida.”

Laura Gutman

 

Cuando nacemos, incluso antes, ya nos sentencian con etiquetas. “Míralo, ¡él sí que es tranquilo!” (Entendiendo con esto: su hermano es el nervioso). Estas palabras mágicas van calando dentro de nuestro cerebro y se convierten en nuestra manera de ver el mundo.

 

Un niño o una niña tiene un único objetivo al nacer: ser amado, y con ello ser mirado. Y hará lo necesario para que le amen. Por eso, ser fiel al discurso de mamá, de papá o de la persona que esté a su cargo como cuidador, reconfortará la búsqueda de cariño, pasando lógicamente bajo el radar de la conciencia.

Cuando a varias personas les pedimos que se definan a ellos y a sus hermanos con una sola palabra, solemos encontrarnos con respuestas como: “A mi hermano lo definiría como el inteligente de la familia ya que a mí siempre me ha costado. Por lo tanto, yo soy el tonto”. Curiosamente, personas como estas, han estudiado varias carreras universitarias, másteres, etc. Pero la creencia subconsciente es mucho más fuerte y el discurso que mantienen es: “Yo no puedo ser el inteligente, porque ese es mi hermano”.
 
Otros se definen como: “El independiente”. Una vez más manteniendo esta fidelidad a la etiqueta que le asignaron, para así ser amado y mirado. Por lo tanto, si soy el independiente sabré buscarme la vida, pero ¿a qué precio? ¿Me sentiré solo? ¿Me costará encontrar un equilibrio con mi pareja? o ¿Me costará pedir ayuda?
 
¿Y qué ocurre con los que se definen como los responsables o exigentes? Pues que nada ni nadie estará a la altura, ni si quiera ellos mismos.
 
Todos ellos, personajes que se forjan en la infancia y se convierten en nuestro más fiel compañero de vida.

 

Para la consciencia es más importante lo que se nombra que lo que sucede

 

Alardear sobre cómo somos, y sacar a la luz este personaje de vida nos fortalece para mirar hacia adelante. Ese discurso que recibimos en nuestra infancia se convierte ni más ni menos que en nuestras gafas de interpretar la vida. ¿Lo curioso? Que lo que nos fue nombrado cuando éramos niños generalmente por nuestros padres, es una mera interpretación de lo que les sucedía a ellos y no lo que realmente ocurrió. Fijaos si esto va tan lejos que para la conciencia es más importante lo que se nombra que lo que sucede.
 
Aferrados a nuestro guion de vida, que nos da fuerza para sobrevivir, va a ser difícil cambiarlo. Nos resulta cómodo y obtenemos más beneficios que detrimentos. Por eso es poco probable que hagamos cambios en nuestra forma de actuar.

 

¿Crisis existenciales u oportunidades vitales?

personaje de vidaEn muchas ocasiones, crisis existenciales que vivimos como una enfermedad grave, la muerte de un ser querido o el nacimiento de un hijo o una hija, sirven para quitarnos esas gafas (aunque sea por un momento). Estas crisis -maravillosas- las podríamos reformular como oportunidades vitales para entender que la vida puede ser de otra manera a como la nombraron.
 
Siendo conscientes y valientes para cambiar de gafas, para dejar de ser el trabajador. Entender que el éxito no es llenar de dinero nuestras cuentas, ni crear más empresas. O para dejar de ser el cuidador de la familia o de los amigos; o el conformista. Abandonar un trabajo que no te hace feliz y emprender un proyecto ilusionante. Para enfrentarte al acosador y dejar de ser el sometido. Para dejar una adicción y dejar de ser el descarriado. Ser valiente para curarme y dejar de ser el débil.

 

¿Y luego qué? 

Una vez nos desenmascaramos, elegimos quién queremos ser y nos quitamos esas gafas, no sabemos cómo seremos de nuevo reconocidos o queridos. Todos formamos parte de un sistema: familia, amigos, trabajo, etc. Cuando un personaje de vida no cumple con su “rol”, los demás puede que se desorganicen y reclamen que todo vuelva a su cauce “normal”, y quizás tenga que pagar el precio del desamor.
 
Me viene a la mente el caso de Alba (nombre inventado) con trastornos digestivos y mucho cansancio desde hacía muchos años. Durante la realización de la historia clínica, me explicaba como todas las decisiones importantes de su vida pasaban por el beneplácito de su madre. No había ningún tipo de duda. Alba -con 40 años, casada y con dos hijos- era la niña que mira a mamá (Laura Gutman). Cuanto más entendía y se sentía capaz de vivir su vida con sus propias decisiones, más crecía su miedo a que su madre dejara de quererla, mirarla o reconocerla. Alba decidió seguir sin esas gafas, construyó su propio personaje de vida y decidió que ya que no respondería más a otras expectativas que no fueran las propias de su camino.

 

Xavi Cañellas

Msc Psiconeuroinmunología Clínica

Msc Biología Molecular y Biomedicina

Co-director de Regenera

Co-autor del libro Niños sanos, adultos sanos

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