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Cómo pasar de un estado de inflamación a un estado de salud

inflamación

 

Detrás de las llamadas ‘enfermedades de la civilización’ suele haber un proceso de inflamación de bajo grado. Nuestros malos hábitos alimenticios y de descanso, el estrés sostenido y el sedentarismo provocan una respuesta errónea del sistema inmunitario. Esta respuesta es la antesala para una patología más severa. Pero, igual que el problema parte de nosotros, también en nosotros está la solución. Espaciar las ingestas, regularizar el sueño, hacer ejercicio físico en ayunas o comer con hambre son algunas de las sencillas medidas con las que podemos transformar un estado de inflamación en un estado de salud.

 

Inflamación y las enfermedades de la civilización

Mira a tu alrededor. Seguro que en tu círculo más próximo encuentras familiares, amigos o compañeros de trabajo que sufren síntomas de alguna de las llamadas ‘enfermedades de la civilización’. Obesidad, diabetes tipo 2, migrañas, problemas de piel, alergias, hipertensión, patologías autoinmunes… Son epidemias silenciosas que se han asentado en los países desarrollados y que van ganando terreno velozmente en aquellos otros que los imitan. Mientras en las sociedades de cazadores y recolectores estas enfermedades no están presentes (y, si lo están, es en un porcentaje muy reducido), a medida que los países en vías de desarrollo van incorporando nuestros hábitos de vida, también pagan un peaje. El peaje de la salud.

 

Pensemos en estas enfermedades. Cada vez están más presentes, cada vez afectan a más personas. Y, aun cuando muchas de ellas tienen una base genética, esta no puede por sí misma explicar el brutal incremento que se ha producido en las últimas décadas. De hecho, se estima que la influencia de los genes y sus posibles mutaciones no pueden justificar sino un 30% de estas patologías.

 

 

Los genes predisponen, pero no determinan

Esta es la idea que debemos tener clara: cada uno de nosotros puede tener una predisposición genética a desarrollar una u otra enfermedad. Pero se trata de una predisposición, no de una condena. A diferencia de lo que ocurre en determinadas patologías genéticas hereditarias -como el síndrome de Down, el síndrome de Angelmam, la fibrosis quística…-, en las enfermedades asociadas al desarrollo los genes no van a ser determinantes. Dependerá de nuestro entorno y de nuestros hábitos. Así, los entornos poco favorables facilitarán que cada uno de nosotros enferme de aquello a lo que está predispuesto.

 

El panorama, ciertamente, es poco alentador. Es verdad que se intentan arbitrar medidas, como limitar el tráfico para intentar limpiar el aire que respiramos, o prohibir que se administren antibióticos a los animales que consumimos. Pero lo cierto es que, en nuestro día a día, se siguen viendo con absoluta normalidad conductas como la de incluir productos procesados en la merienda de los niños. Se tiene tan asumido, que incluso en los hospitales infantiles se les dan galletas, flanes industriales, zumos de tetrabrik… Productos de los que sabemos que son el primer paso hacia la aparición de trastornos de salud en el futuro.

 

El objetivo de este post es explicar que está en nuestra mano evitar la aparición de muchas patologías, y elevar el nivel de concienciación sobre la importancia de la inflamación en nuestra salud. Estamos acostumbrados a maldecir a la suerte, cuando, muy a menudo, no cumplimos ni el abecé de los cuidados mínimos que requiere nuestro cuerpo para no enfermar. Hay que tomar conciencia de que los hábitos y conductas de hoy. Aunque nos parezcan triviales, pueden propiciar un estado de inflamación de bajo grado que, con el tiempo, pueden llevarnos a enfermar. Y entonces vendrán los lamentos.

 

¿Cómo enfermamos?

Nos encontramos mal, vamos al médico y confiamos en que nos diga qué es lo que nos pasa. Pero lo normal es que nos quedemos ahí, en el diagnóstico. No nos paramos a pensar que ese diagnóstico es el final de un camino que hemos recorrido sin darnos cuenta. A menudo, detrás de esa enfermedad que nos dicen que tenemos un hipotiroidismo, una diabetes tipo 2, una patología cardiovascular… hay un proceso inflamatorio.

 

¿Inflamación? Puede que pienses que inflamación es eso que nos ocurre cuando nos lesionamos. Nos hacemos un esguince y, de inmediato, aparece edema, rubor, se pone caliente… Pero hay otra inflamación, de bajo grado. Esta inflamación va haciendo su trabajo de forma imperceptible para nosotros. Y en ella influyen cuatro mecanismos:

 

  • Estado del tubo digestivo: Tus hábitos a la hora de comer son realmente importantes para lograr que tu tubo digestivo esté en mejor o peor estado. Es el qué y el cuándo: qué comes y cuándo comes. Todo ello repercutirá en la aparición de síntomas como hinchazón, gases, estreñimiento, diarreas explosivas…
  • Desequilibrio entre músculo y grasa: Cuando comenzamos a acumular grasa corporal, llega un momento en que los adipocitos -las células que forman el tejido adiposo- no pueden almacenar más. Entonces enferman y comienzan a liberar moléculas inflamatorias en nuestro organismo. Si a esto le sumamos el sedentarismo, nos encontramos con una escasa presencia de masa muscular. Se produce así un desequilibrio entre grasa y músculo que también favorece la inflamación
  • Estado emocional: un estrés sostenido en el tiempo, de larga duración, también te lleva a la enfermedad. De hecho, se considera que el estrés crónico está tan asociado a las enfermedades cardiovasculares como el tabaquismo.
  • Un inadecuado biorritmo del cuerpo: la falta de sueño puede afectar a nuestro sistema inmunitario. También puede, a largo plazo, aumentar el riesgo de obesidad, diabetes y patologías cardiovasculares.

 

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Dolor referido visceral

 

Un mecanismo evolutivo

La inflamación es un mecanismo evolutivo. Su función es avisar al sistema inmunológico de que algo va mal. En principio, este mecanismo está diseñado para actuar en situaciones de alarma. Por ejemplo, una fractura, el ataque de algún microorganismo… En esos casos, la respuesta inflamatoria debe ser breve, rápida y contundente.

 

Pero nosotros estamos hablando de otro contexto inflamatorio. Imaginemos que nuestras defensas son como policías que actúan cuando hay un conflicto. ¿Qué pasaría si esos policías se vieran obligados a patrullar 24 horas? ¿Y si tuvieran que estar alerta constantemente porque, mediante nuestros hábitos de comida y de sueño, o a causa de nuestro estrés, le estamos generando alarmas continuas? Ocurriría que estarían cansados y más vulnerables. Se podrían confundir al identificar al enemigo. Ya no se produciría una respuesta (la inflamación) breve, rápida y contundente. Sino que sería una respuesta inflamatoria de bajo grado: continua, silente, imperceptible en sus estadios iniciales.

 

La inflamación de bajo grado es la antesala para una patología más severa. Es esencial que prestemos atención a nuestro tubo digestivo, nuestros biorritmos, nuestro equilibrio grasa-músculo y nuestro estado emocional para corregir esa respuesta errónea del sistema inmunitario. 

 

Tú eres el cuidador de tu salud

Deja de culpar al empedrado: tienes en tu mano las herramientas para modificar ese estado inflamatorio y recuperar un estado de salud. Sin fármacos, sin grandes esfuerzos, sin tener que hacer ninguna inversión. ¿Quieres saber cómo? Sigue leyendo

 

  • Ejercicio físico en ayunas: Me muevo, hago ejercicio con la barriga vacía (o, al menos, cuatro horas después de la última comida). De esta forma mi cuerpo utiliza la grasa en vez de la glucosa. (saber más)
  • Como con hambre: No tengo en cuenta los horarios establecidos para desayunar, comer o cenar, sino que me espero a tener hambre para comer. Y, por supuesto, lo que como son alimentos reales, no productos procesados. Los alimentos reales te van a ayudar a diferenciar y afinar en lo que es hambre de verdad y no hambre hedónica.
  • Como menos veces: Las cinco comidas al día no tienen sentido evolutivo. Cuando espaciamos las ingestas, activamos la ruta responsable de la limpieza celular, de la autofagia y del antiaging. (saber más)
  • Busco una regulación del sueño: Procuro irme a la cama antes de las once de la noche, e intento que mis horas de sueño se sincronicen con las horas de sol. (saber más)

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