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El entorno y los genes: ¿somos dueños de nuestra percepción del mundo?

el entorno y los genes

 

Tengo ante mí una mujer embarazada. La miro y me llena de ternura. Me emocionan la esperanza, la ilusión y el amor que irradia. Imagino esa nueva vida latiendo en su interior. También los asombrosos cambios y modificaciones que se están produciendo a cada momento y que permiten ese prodigio que es la gestación. Pero, como investigador, conozco la importancia del entorno y los genes. También me interesa lo no obvio: la madre no solo está ofreciendo cobijo y alimento a su hijo. También le transmite sus emociones, desde su felicidad a su estrés. Más aún: la madre, hoy lo sabemos, transfiere además su  percepción del mundo, del entorno, de la vida que le espera. Y esa percepción deja una huella en el recién nacido.

 

El entorno y los genes: ¿somos dueños de nuestra percepción del mundo?

Puede que te preguntes cómo es eso posible. Puede también que pienses que tus genes, esos que has heredado de tu padre y de tu madre, son inmutables. No es así: en realidad, sólo nos predisponen, no nos determinan. Nuestro entorno va a propiciar las llamadas modificaciones epigenéticas, es decir, cambios en la forma de funcionar de algunos genes. Y las primeras modificaciones epigenéticas aparecen ya desde nuestro primer entorno: el útero materno. De forma muy sencilla: nuestros genes no se expresarán de la misma manera si, durante el embarazo, nuestra madre sufrió o si fue feliz.

 

El estado anímico de nuestra madres durante el embarazo nos deja una impronta que nos prepara para la vida. Las señales bioquímicas se transmiten desde las madres hasta sus crías y, cambiando la expresión de los genes, comunican a los hijos el tipo de mundo en el que vivirán.

 

Son muchos los estudios que han trabajado para desentrañar cómo el estrés en una madre gestante provoca modificaciones epigenéticas. El punto de partida es que el periodo prenatal constituye una ventana crucial del desarrollo ontogénico. La influencia del entorno juega un papel preponderante. A partir de ahí, se ve cómo diferentes situaciones estresantes pueden terminar condicionando la salud del futuro hijo. Así, por ejemplo, en diferentes investigaciones se ha visto que el hipocampo de los niños cuyas madres tuvieron estrés en el embarazo presentan menos receptores de cortisol.

 

 

Tiene su lógica. Volvamos a esa madre embarazada que evocaba al comienzo de este artículo. Imaginemos que está estresada, llena de preocupaciones. ¿Qué le está transmitiendo a su hijo? “Prepárate, porque la vida es dura. Estate alerta, dispuesto para luchar”. La idea es ofrecerle una  ventaja ante la adversidad. De hecho, esa programación de alarma podía salvarle la vida si naciera en un entorno bélico. Ahora bien, si nace en otro más pacífico, esa programación hará que perciba los pequeños problemas de la vida como si fueran un peligro constante.

 

Los humanos también

Moshe Szyf es un pionero de la epigenética. En su trabajo ha estudiado cómo los seres vivos reprograman su genoma en respuesta a factores sociales como el estrés y la falta de alimento. Sus investigaciones, fascinantes, nos revelan cosas tales como que nacemos conociendo cuál es nuestro estatus en la sociedad. Si estamos abajo en la escala social o arriba; si somos peones o jefes. Y que ese conocimiento deja una impronta genética en nuestro ADN.

 

Este tipo de estudios, en los que se induce estrés durante el embarazo o se separa a las crías al nacer, no pueden llevarse a cabo, obviamente, en humanos. ¿Cómo vamos a programar adversidad en unas madres para ver lo que le ocurre a su descendencia? Pero, a través de los desastres naturales, sí podemos hacernos una idea objetiva de las consecuencias del estrés durante la gestación.

 

En 1998, una devastadora tormenta de hielo en Quebec causó cortes de energía y provocó que millones de personas se quedaran sin electricidad ni calefacción -a temperaturas inferiores a 30 grados bajo cero- durante semanas. Un grupo de científicos decidió estudiar a un grupo de 150 familias en las que la madre estaba embarazada durante ese desastre, e hizo un seguimiento de sus hijos durante 15 años. En sus conclusiones, recogidas en este estudio, se ve que el nivel de dificultades objetivas que experimentaron las madres -como, por ejemplo, el número de días que estuvieron sin luz o calefacción- tuvo un impacto en la expresión genética de sus hijos. Y, a lo largo de los años siguientes, se vio cómo el grado de estrés propiciaba problemas inmunológicos y metabólicos, entre otros.

 

Hambre de piel

Pero todo esto no sucede solo durante la gestación. El contacto físico tiene un importancia crucial en los primeros momentos de la vida, en la primerísima infancia. Os cuento una historia terrible, y también real: en el siglo XIII, el emperador Federico II  Hohenstaufen se planteó en qué idioma hablarían los niños que nunca hubieran oído hablar a nadie. Para averiguarlo, tomó a un grupo de recién nacidos y los puso al cuidado de unas nodrizas que debían darles alimento, pero no podían dirigirles la palabra ni acariciarles o mostrarles algún tipo de afecto. No mucho tiempo después, todas estas criaturas habían muerto. La causa de su muerte era el ‘hambre de piel’, expresión con la que antropólogos e investigadores del comportamiento definen hoy nuestra necesidad de apego y contacto físico.

 

En este mismo sentido merece la pena recordar los trabajos realizados en la década de los 70 por el psicólogo estadounidense Harry Harlow, quien separó a monos bebé de sus madres y, en su lugar, les dio dos alternativas: o una ‘mamá-mono’ de alambre que tenía un biberón, o una ‘mamá-mono’ de felpa y tacto amoroso, pero que no ofrecía comida. Contrariamente a lo que podría suponerse, los monitos no optaron por el alimento, sino por la calidez y la suavidad.

 

Hoy podemos ver que los monos que han sido separados de sus madres al nacer tienden a presentar conductas agresivas. También vemos que esta separación ha dejado diferentes marcas químicas de metilación en su ADN.

 

En la actualidad, las investigaciones nos permiten no solo ver estos comportamientos, esta tendencia al apego y al contacto físico, sino también definir los diferentes patrones de expresión génica que tienen las crías que han estado aisladas y las que no. Hoy podemos ver no solo que los monos que han sido separados de sus madres al nacer tienden a presentar en la edad adulta conductas más agresivas, sino cómo esta separación ha dejado diferentes marcas químicas de metilación en su ADN. Y, a través de estas diferencias, podemos comparar a los que tuvieron madre de los que no la tuvieron.

 

Pensemos en las consecuencias que puede tener para nosotros: el ser humano es un animal ultra social. En los experimentos se ve que las ratitas que no han sido cuidadas tienen más miedo a explorar el mundo, como diciéndose ‘si ya me han dado un palo, no voy a fiarme del mundo, que es aterrador’. Llevado a nuestra especie, y siendo ultra sociales como decíamos, tener miedo implica que nuestro circuito de recompensa y de placer está dañado. Si se me niega la recompensa del contacto físico, tendré que buscarlo en otro lado. Por tanto, tendré más papeletas para caer en adicciones.

 

No haber tenido una madre afecta por completo al recién nacido. Le envía señales de cómo será su mundo cuando sea adulto y altera su circuito de recompensa y placer.

 

Pero no lo veamos todo en negativo. Antes os he contado el cruel experimento que hizo el emperador Federico II Hohenstaufen; ahora os voy a contar otra historia, también real, pero esta vez feliz: a finales de los años 70, ante la escasez de incubadoras para atender a los niños prematuros en los hospitales colombianos, los doctores Rey, Martínez y Navarrete, decidieron poner en marcha un programa que consistía en poner a los bebés, lo antes posible y durante el mayor tiempo posible, en contacto con sus mamás. El éxito en la recuperación de los pequeños hizo que el Método de la Madre Canguro (Kangaroo Mother Care) se exportara a hospitales de todo el mundo.

 

El entorno y los genes

 

En este terreno, debemos destacar los trabajos de Nils Bergman, especialista en neurociencia perinatal, que fue quien sentó las bases científicas del método. Entusiasta promotor del concepto de Separación Cero entre la madre y el recién nacido, ha investigado los cambios epigenéticos negativos provocados por la falta de contacto piel con piel y demostrado que el cuerpo de la madre es el lugar que brinda biológicamente mejores resultados, tanto para los bebés nacidos a término como para los prematuros.

 

¿Qué podemos hacer?

Todo esto que os estoy contando puede que os deje una sensación agridulce. ¿Es que no somos dueños de nuestra percepción del mundo? Pero podemos tomar este conocimiento como una oportunidad.

 

  • Si aún no hemos sido padres, para intentar ofrecer un entorno de paz y amor durante la gestación y la primera infancia (y que el bebé se pase el primer año ‘enganchado’ a la mamá).
  • Si ya tenemos hijos, esta consciencia es clave para poder aplicar inteligencia y educación emocional. De esta forma, entendiendo el mundo, compensaremos los inputs negativos que pudieron surgir durante el embarazo o los primeros años de vida.
  • En los adultos, nos da la oportunidad de conocernos, de entender por qué hemos podido tener ciertos patrones de conducta. Pero, sobre todo, es la oportunidad de cambiar, porque, no lo olvidemos, el cerebro tiene plasticidad.

 

No somos esclavos de nuestros genes Es fundamental que recordemos esto. Si epigenéticamente se han podido programar patrones de conducta, epigenéticamente también podremos reprogramarlos. Tener conciencia de esto nos ayuda a impulsar un cambio. Me gusta la metáfora que utiliza Moshe Szyf: el ADN no es solo una secuencia de letras, un guión. El ADN es una película dinámica. Y nuestras experiencias están siendo escritas en esta película interactiva. Con el ADN, tú estás con el mando a distancia viendo una especie de película de tu vida; y puedes eliminar o añadir actores. Por eso, a pesar de su naturaleza determinista, podemos tener un cierto control de cómo se expresan los genes. Y esto puede suponer un nuevo enfoque para el abordaje de algunas enfermedades.

 

Recuerda: el ADN tiene una capa de información antigua que está evolucionando desde hace millones de años y es muy difícil de cambiar. Pero también tiene la capa epigenética. Y esta capa es dinámica, lo que nos otorga un grado de libertad. Y por tanto, la posibilidad, en gran medida, de ser dueños de nuestro destino.

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