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Abortos de repetición

abortos de repetición

 

No, de los abortos de repetición no se habla. Es un tema incómodo. Pero que no se hable de ellos no significa que no existan. Por eso escribo este artículo, para intentar dar respuesta a estas parejas que sufren y que, en muchas ocasiones, viven esta situación con un sentimiento de culpa.

 

Abortos de repetición

La reproducción es la clave de la supervivencia de las distintas especies. Pero, en los humanos, es algo más. Para nosotros, un embarazo no es tan solo un proceso fisiológico o un mandato evolutivo, sino que implica además una intensa vivencia psicoemocional. Detrás de una gestación hay una amalgama de sentimientos: esperanza, preocupación, amor, ilusión, inquietud… El sentido de protección se dispara, así como la enorme responsabilidad de estar albergando una nueva vida. Podemos entender, por tanto, la frustración y sufrimiento que puede supone un aborto.

 

Pensemos ahora en esas parejas que no solo sufren un aborto, sino dos, tres, cuatro… Que ven cómo una y otra vez se frustra ese proyecto vital. No es fácil ponerse en su lugar; se trata de una situación que les genera tanto sufrimiento que muchas veces no lo comparten con su entorno, ni siquiera con el más cercano. Tan solo lo hablan en la intimidad y en las consultas médicas, en donde nadie parece ofrecerles ni explicación ni solución a su problema.

 

No, de los abortos de repetición no se habla. Es un tema incómodo. Pero que no se hable de ellos no significa que no existan. Por eso escribo este artículo, para intentar dar respuesta a estas parejas que sufren y que, en muchas ocasiones, viven esta situación con un sentimiento de culpa.

 

 

La trampa de la “normalidad”

Lo primero que debemos dejar claro es que un aborto no tiene por qué implicar una patología. Alrededor de un 15% de las mujeres sufre un aborto en el primer trimestre de gestación, sin que esa interrupción comprometa su fertilidad en el futuro inmediato. Es algo a lo que los profesionales con un enfoque clásico en reproducción no le dan importancia alguna:

 

‘¿Has tenido un aborto? No te preocupes, es algo normal’.

 

Bien, seamos claros: que algo sea ‘frecuente’ no significa que sea ‘normal’. Y, con respecto a lo de ‘no te preocupes’, se trata de una vivencia biológica y psicoemocional suficientemente importante como para que uno se preocupe, como para que lo pase mal. Aun cuando, afortunadamente, no haya detrás un problema de fertilidad.

 

Las respuestas son aún más insatisfactorias ante un segundo aborto: entonces, el ‘es normal’ se sustituye por el ‘qué mala suerte’. Así, la normalidad deja paso a la fatalidad y la gestación queda al albur de la buena o la mala suerte. Y, a partir de ese segundo aborto, se abre un nuevo campo: el de echar las culpas a la ‘mala calidad del embrión’. Seguro que es un argumento que habéis oído mil veces repetido: es el argumento que se utiliza en el 90% de los embarazos fallidos.

 

Con la fecundación in vitro (FIV) te escogeremos el mejor embrión’

 

La idea que vende la industria de la reproducción asistida es ir en busca del SUPEREMBRIÓN, un embrión de clase A, un embrión de concurso, el más bello del baile. Lo que no te dicen es que no hay relación directa entre la ‘belleza’ de un embrión y que sea funcional desde el punto de vista cromosómico. Porque no todas las alteraciones cromosómicas tienen la misma repercusión; algunas, como la trisomía del síndrome de Down, son compatibles con la vida, pero otras no lo son, y por eso se producen abortos espontáneos.

 

Llegados a ese punto, la industria de la fertilidad ha incorporado a su oferta el diagnóstico genético preimplantacional. Se trata de tomar unas células del embrión, hacerles un cariotipo (estudio cromosómico) y así poder descartar una alteración. Parece perfecto, ¿verdad? Entonces… ¿cómo es posible que, aun con diagnóstico genético preimplantacional, esa mujer continúe teniendo abortos? Muy sencillo: porque no siempre lo que falla es la estructura cromosómica.

 

Los diferentes factores implicados en los abortos de repetición son:

 

  • Las lteraciones cromosómicas
  • Alteraciones inmunológicas
  • Las alteraciones de la coagulación
  • Alteraciones en la implantación por causas anatómicas

 

Cada una de ellas tiene sus causas y, también, su solución. Es esencial identificarlas para poder tratarlas, y corregirlas.

 

Alteraciones cromosómicas de repetición

Homocisteína alta:

Debemos tener en cuenta los niveles de homocisteína… tanto en el hombre como en la mujer. Tenemos claro que lo que se busca es la mejor recombinación posible de la carga genética del padre y de la madre; pues bien, aunque esa recombinación se produce dentro del cuerpo de la mujer, estamos hablando de homocisteína intraembrionaria, que depende de la carga genética y epigenética que aportan el padre y la madre. ¿Y a qué pueden deberse niveles altos de homocisteína? A factores clásicos relacionados con el estilo de vida: consumo de tabaco y/o alcohol, falta de descanso nocturno, exceso de inflamación… La solución pasa por no esperar a conseguir un embarazo, sino intervenir antes de la gestación generando un estilo de vida saludable.

 

Inestabilidad genómica:

  • Los siguientes 5 estos factores elevan la homocisteína y están relacionados directamente con la inestabilidad genómica y una recombinación génica óptima:
  • Inflamación crónica
  • Estrés crónico
  • Falta de descanso
  • Sedentarismo
  • Hábitos tóxicos, con especial hincapié en el tabaco

 

Polimorfismo de la enzima MTHFR:

En un 30% de las mujeres encontramos esta variante genética que provoca una alteración enzimática que impide la activación del ácido fólico. Y recordemos que el ácido fólico activo es necesario para estabilizar el ADN. ¿Solución? Dar a la mujer gestante un suplemento de ácido fólico activo, no en su presentación convencional.

 

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Alteraciones inmunológicas relacionadas con el embarazo

Sí, una vez más, el sistema inmune juega un papel esencial, y lo puede hacer en un doble sentido:

 

Disfunción autoinmune (o síndrome antifosfolípido obstétrico subclínico):

en este caso, encontramos anticuerpos contra la cardiolipina, anti-beta2 glicoproteína I, y anticoagulante lúpico. La presencia de uno o varios de estos tres anticuerpos va a provocar una alteración de la coagulación; como consecuencia, se favorecerá la aparición de trombos, que pondrán en riesgo la gestación. ¿Solución? Tratamiento con heparina.

 

Actividad inmunitaria elevada:

Celiaquías, tiroiditis, artritis, estados de inflamación de bajo o medio grado provocados por intolerancias nutricionales, alteraciones de la microbiota, etc. Todas estas alteraciones de la inmunidad, tanto si son por autoinmunidad como por una actividad inflamatoria elevada, van a comprometer el desarrollo del embarazo. Para entenderlo, debemos contemplar la gestación como un proceso de tolerancia inmunitaria. Pensemos que el 50% del genoma del embrión es genoma externo (procede del padre), por lo que, para que sea posible la gestación, es imprescindible que haya una modulación a la baja del sistema inmune. De lo contrario, entrarían en juego macrófagos, citoquinas, linfocitos natural killers… pudiendo dar lugar a una placentación defectuosa. Así, por ejemplo, una mujer que ignora que tiene sensibilidad al gluten no celiaca y continúa comiendo gluten puede, en este escenario inmunológico, impedir que su embarazo continúe adelante de forma saludable.

 

Efectivamente, la inflamación provoca que no haya una adecuada angiogénesis y los vasos sanguíneos no puedan nutrir al embrión/feto. En algunos casos, si la angiogénesis solo es defectuosa parcialmente, la gestación sigue adelante, pero con una placentación defectuosa que dará lugar a una nutrición fetal insuficiente que puede propiciar por ejemplo un crecimiento intrauterino retardado (CIR).

 

¿Solución? En primer lugar, identificar los mecanismos que influyen en esa activación del sistema inmune y generar un escenario de estilo de vida propicio. A continuación, valorar la utilización de corticoides en caso que exista autoinmunidad. En el caso de nuestro ejemplo anterior, si la mujer con sensibilidad al gluten no celiaca tiene, además, artritis, la intervención consistiría en evitar la exposición a alimentos con gluten y, si es insuficiente y la artritis continúa, puede que el ginecólogo deba usar cortisona. Y no pasa nada: eso también es PNI.

 

Trombofilias (alteraciones de la coagulación):

Existen factores genéticos como por ejemplo el factor V de Leiden que afectan a los procesos de coagulación facilitando la aparición de trombos. El estudio detallado de la hemostasia será determinante para identificar posibles trombofilias. ¿Solución? Diagnóstico adecuado y utilizar heparina en caso de confirmación.

 

Alteraciones en la implantación por causas anatómicas:

Tabiques, miomas uterinos, endometriosis… Estas anomalías anatómicas pueden ser un impedimento para la evolución del embrión en el cuerpo de la mujer.

 

La endometriosis en sí misma tiene una base molecular de inflamación. El problema no es tanto que el tejido sea fibrótico, sino que la fibrosis es consecuencia de un estado de inflamación, y es esa inflamación la que, como hemos visto, provoca una pérdida de tolerancia inmunitaria y, en consecuencia, un rechazo al embrión.

 

Úteros con poca movilidad o adherencias post intervenciones quirúrgicas también pueden dar lugar a problemas de implantación. ¿Solución? En el caso de endometriosis, hacer un abordaje integral de la misma para resolverla. Si hablamos de problemas mecánicos clásicos, la intervención pasaría por fisioterapia obstétrica.

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